Fue como si toda mi existencia pasara por ella en ese preciso momento, blanca, espumosa como con vida propia como interpelándome, fría y cercana, siempre tan elocuente, siempre tan aliada. 

El Raval tenía un tinte triste esa tarde y esa melancolía se vía reflejada en ella cada vez que mi nariz se hundía en la espuma, una IPA frente a mí, un bar a media luz vacío a fin de tarde en un pueril otoño de besos pasados. Pero allí estaba mi birra, ella siempre está y aunque los mensajes no lleguen a mi whatsapp ya no importa, porque lo que me importaba ya no está pero aquello que me ayuda a que ya no importe siempre será lo mismo, mi birra.

Entre mis ojos tristes y mi IPA sólo veía más IPAs, una tras otra repitiéndose como un loop, una especie de pulsión insaciable se apoderaba de mí a través de ese espejo dorado, cobrizo y amargo pero nada lo era tanto como mi realidad esa tarde, no hubo ni habrá cerveza tan amarga como esos días, porque la certeza que ella no vendrá, pero mi birra siempre estará.

No soy borracho, soy poeta (bueno a veces si lo soy) y busco entre las cosas sencillas aquellas sensaciones movilizadoras que me llevan a que las cosas pasen con o sin birra, aunque debo admitir que la birra siempre me ayuda a que las cosas pasen.

No sé cuántas birras he tomado y menos cuantas tomaré pero siempre tendré una entre manos… al atardecer cuando las penas emigren reverberando sobre la espuma blanca.

Birra en Barna
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